De la gente de Berlín puedo decir muchas cosas pero lo más significativo es que podemos afirmar que nos sacan muchos años de ventaja. Me jode decirlo, me jode oír que España es un vagón de cola y me jode decir que somos la entrada de África. Me jode porque eso no es verdad, y no voy a empezar a hablar de italianos o portugueses porque no procede pero los berlineses están un escalón por encima. Casi todos son amables, te responden con una sonrisa, hablan inglés perfecto, te ayudan si te ven dudar y, aunque no sea necesario, pagan su billete de metro. Lo digo porque no hay tornos en los que validar el billete. Tampoco hay alarmas en las tiendas y apenas hay cámaras de seguridad. Nos flipó el no ver policía por las calles más céntricas, de verdad. Allí se respiraba confianza, bienestar.
Como anécdota destacar que en esas autopistas alemanas de carriles donde cabe más de un coche y sin límite de velocidad, hay ramos de flores que pueden coger los que quieran pararse a ello en áreas de descanso y al lado un bote donde dejar dinero (en relación a lo que consideres oportuno dejar o a lo que te hayas llevado). Nos preguntamos si quedaría algún español que no cogería todas y no pagaría nada, más teniendo en cuenta la facilidad de salir pitando por autopista y que nadie te dijera absolutamente nada. Te da cosa. También te la da el hecho de que en el McDonalds te puedas rellenar la Coca-Cola las veces que quieras. Si se pone en España, la franquicia quiebra.
Es una ciudad llena de gente interesante. Gente de muchas nacionalidades, una ciudad que en ese sentido, recuerda inevitablemente a Madrid. Una mezcla de culturas y estilos con un denominador común: la belleza de las mujeres berlinesas. Nos pasmó a mi compañero y a mí. Contábamos con los dedos de una mano las feas o poco potables. Desde las más jóvenes hasta las cincuentonas. Todas eran guapas, tenían buen cuerpo, llevaban el pelo arreglado y los dientes perfectos. Que sí, que no veas si mola la mujer española, pero después de la belleza teutona que vimos allí nos quedamos un poco alucinados. Más que nada porque esperábamos bávaras sudorosas de cien kilos y con las tetas como Sabrina. Nada que ver. Un espectáculo de féminas por todos los lugares (y eso que los -15ºC no sientan bien ni a los esquimales).
Voy a comentar un poco acerca de uno de los edificios más significativos de Berlín, el Reichstag o Parlamento alemán. Un edificio con más historia que la propia Alemania. Un Reichstag quemado en 1933 por Hitler (hechos no esclarecidos) con el fin de sembrar el terror entre los suyos y emprender una cruzada contra los comunistas, al más puro estilo 11-S, para justificar el ataque a las potencias islámicas. En 1945 acabó copado por banderas rojas con la hoz y el martillo, tomando aún más importancia como símbolo de una nación, ya que fue el objetivo primario para una URSS que quería dejar claro que se iba a quedar allí durante algún tiempo.

Me flipó el edificio. Una tecnología apabullante. Las visitas organizadas llevan a la cúpula de cristal, a modo de mirador, diseñada por Norman Foster en los noventa. Si ya es increíble verla de lejos, por dentro es un culto a los sentidos. Una cristalera que te permite ver toda la ciudad desde lo alto, en su pleno corazón. Un homenaje a la modernidad, con toques de distinción y grandeza, que permiten que hasta el más intrépido visitante alucine con el diseño. Una cúpula que tiene unas características energéticas únicas, con un aprovechamiento pleno de la energía solar, así como un método de recogida de luz y agua con una abertura superior (está parcialmente abierta para ello, hace un frío que pela dentro en invierno).

Como últimas curiosidades, tres: la primera, que las guías de audio para los turistas de la cúpula son un pasote. Que la dicción es automática según avanzas por la pasarela de caracol que la rodea. Es decir, llegas a un punto y de inmediato te dice "dos pasos más alante, mire a su derecha, encontrará la estación de Friedrichstrasse", me flipó. La otra es las tres puertas que tiene el Bundestag o cámara baja, en cuyos marcos figuran un Sí, un No y un Abstención, para las votaciones que se realicen en pleno. Los parlamentarios salen por la puerta según lo que voten. Por último, señalar que hay un escaño para la representación militar, pero el asiento está apartado del resto, acentuando dispositivamente la separación política - ejército. Sin duda uno de los mejores lugares de Berlín.
Proximamente, nuevas entregas.








